Moviendo la Cola

Desde diciembre de 2007, Maio, Ari y Lluís editan www.moviendolacola.net, un blog que transmite las sensaciones y los sentimientos que viven en escenarios de alta montaña o camino a ella en compañía de Elbrus. Lo hacen a través de fotografías captadas de forma natural e instintiva, bajo el influjo y la inspiración del momento, y de relatos cortos cargados de emoción y reflexión.

En enero de 2010, SUA Ediciones publico el libro “Moviendo la Cola”, una singular obra que recopila algunos de estos momentos y sentimientos. Son 88 páginas que despiertan la mente y acelerarán el corazón. Más de 100 fotografías seleccionadas y 12 micro relatos inéditos que guían en una ascensión imaginaria a una montaña de momentos, sensaciones y sentimientos. El libro está disponible en las principales librerías del país y en www.moviendolacola.net

Moviendo la Cola, el libro

Ya está a la venta  en las principales librerías del país (Casa del Libro, Altaïr, Elkar, Fnac, El Corte Inglés...) el libro "Moviendo la Cola", publicado por SUA Edizioak.

Una singular obra de 88 páginas con más de 100 fotografías seleccionadas y 12 micro relatos inéditos (en español, catalán, francés, inglés) que te guiarán en una ascensión imaginaria a una montaña de momentos, sensaciones y sentimientos.

¿Tienes tu ejemplar? Si no lo encuentras en las librerías dínoslo y rápidamente te haremos llegar un ejemplar. ¿Con quién de nosotros prefieres hablar? (Pulsa sobre su nombre y envíale la petición): Lluís , Maio , Ari

"Moviendo la Cola", de SUA Edizioak.
Autores: Lluís Lleida, Josep M. Oliveras "Maio", Ari Casellas
ISBN: 978-84-8216-426-7   
P.V.P. recomendado en librerías 16€.





¡Por cierto! Te estaremos muy agradecidos si una vez saboreado el libro nos dejas tus comentarios e impresiones. ¡Gracias!

Gourgs Blancs (3.129 m) de Elbrus, Xatina y Taro



Donde se reencuentran cuerpo y mente
Tiempo estimado de lectura: 1 minuto

Ahí está, casi la tengo. La cumbre a tocar de los dedos. Unos pocos pero eternos metros más y estaré en ella. Es un momento de emoción intensa. Una emoción extraña, mezcla de sentimientos, recuerdos, cansancio y un punto de inconsciencia que invita a dejarse llevar por una relajación igualmente extraña.
Parado aquí, en medio del todo y de la nada, intento recobrar la fuerza y la serenidad que me permitirán andar unos cuantos pasos más, los últimos. Esperando su llegada, noto que el corazón quiere salir de mí. Sus latidos son tan potentes que más que sentirlos los escucho. Desbocado como está, es lo único que va deprisa aquí. Las restantes partes de mi cuerpo dan la sensación de simplemente fluir en lentos movimientos lunáticos. Lo mismo ocurre con mi mente, que procesa información y toma decisiones con una singular perspectiva de las cosas. Nada va conmigo, todo ocurre o deja de ocurrir fuera, lejos. Curioso. Me siento como el espectador de mis propios actos y decisiones.
En esta última parada antes de llegar lo más arriba que hoy y aquí se puede llegar, respiro profundamente. Vuelvo a respirar. Una y otra vez. Mientras, contemplo el inmenso reto que supone superar esos últimos quince metros que me separan del objetivo. Mi pensamiento ya está allí, contemplando el infinito desde la cumbre, pero mi cuerpo aún está aquí, un poco más abajo. Está, estoy, esperando la señal que indique que puedo reemprender la marcha, que puedo dar esos últimos pasos imprescindibles y necesarios para que mente y cuerpo vuelvan a encontrarse.
La señal ha llegado. Las bocanadas para llenar los pulmones son menos desesperadas y el corazón ha dejado de galopar impetuoso. Es la señal. El cuerpo va en busca de la mente, que aguarda paciente en la cumbre. ¡Para arriba!

El mayor espectáculo del mundo



EL MAYOR ESPECTÁCULO DEL MUNDO
Versión en castellano. Tiempo estimado de lectura: 1 minuto. 

Bajamos cansados pero contentos. Han sido seis horas de ascenso por poco más de dos de descenso. Falta poco para retornar al punto del que hemos partido esta pasada madrugada. Se nota porque pisamos en plano, andamos más rápido, nos mostramos más alegres y nos sentimos más relajados. Bromeamos sobre lo ocurrido durante la jornada: de lo mucho que hemos sufrido quienes decidimos dejar las raquetas de nieve en casa por aquello de no llevar peso, de la suerte que hemos tenido con esta ventana de buen tiempo, de la comilona que nos espera a pocos kilómetros de aquí en un restaurante de aquellos que se guardan en secreto… Sólo de pensar en esto último la boca se me hace agua… ¡ZAS! ¡PLAS! ¡Qué ha pasado! ¡Ohhhhhhhh, Dios, que trompazo! ¡Desorientación total! ¡De mirar al suelo he pasado a mirar al cielo!
Tirado de espaldas, sobre la mochila, desparramado y atontado, el patinazo ha sido memorable. De golpe, en décimas de segundo, he visto cómo mis pies se alzaban decididos a tocar las nubes.
Suerte del mochilón, que como el mejor de los airbags ha amortiguado el espaldarazo y el más que seguro golpe en la cabeza ¡Eso por andar pensando en lo que aún no toca! Mira que lo sé y se lo he repetido mil veces a otros, “hasta que no llegas a casa no ha terminado la excursión. Hay que andar siempre concentrado y atento, sobre todo en el descenso”.
Después del susto, el cabreo. ¡Qué tontería! ¡Qué estúpido! He bajado la guardia y eso es algo que nunca debemos hacer en la montaña.
Cerca de mi escucho la voz de uno de mis compañeros que pregunta si estoy bien. Sí, supongo que sí… A ver… Sí, sí… Me siento en el suelo y apoyo las manos para incorporarme. Negativo. Estoy justo en el centro de la placa de hielo. Segundo intento, nuevo patinazo. La situación se me antoja ridícula. Mientras, empiezo a escuchar risas. Se ríen de la embarazosa situación en la que me encuentro. Me sumo al ambiente, me río con ellos, me río de mí. Soy el payaso de circo que tropieza y cae una y otra vez. He convertido la montaña en el mayor espectáculo del mundo, el circo!
No puedo levantarme porque estoy en el centro mismo de un charco helado de unos tres metros de diámetro reconvertido a pista de patinaje. ¡Ups! Es increíble en lo que se ha transformado el agua. Ahora es “verglas”, un durísimo, liso y transparente hielo sobre el que es imposible mantenerse en pie y menos aún dar los dos pasos necesarios para poder escapar de este singular escenario-trampa.
Bien, pues toca lo que toca. Volteo el cuerpo y me pongo a cuatro patas. Sin guantes noto cómo el frío se clava mis manos mientras las deslizo una tras otra, siguiendo el ritmo que imprimen mis rodillas. Tres movimientos y soy hombre libre. Ya está.
De nuevo en pie, abro y cierro desesperadamente los dedos de las manos para que circule de nuevo la sangre y con ella llegue el calor, al mismo tiempo que giro la vista en busca de las risas de mis compañeros. Allí están, tronchándose mientras me señalan con el dedo en una inequívoca sentencia, aquella que me convierte en protagonista de sus historias, de aquellas que durante muchos años contarán cada vez que cualquiera de ellos recuerde este día y explique lo bien que lo pasamos y lo divertido que fue.
“Recuerdo que aquel día, muy cerca ya del refugio, oímos un fuerte golpe detrás nuestro. Al girarnos vimos que uno de los compañeros yacía tumbado boca arriba sobre una placa de hielo. ¡Teníais que haberle visto! Cada vez que intentaba ponerse en pie patinaba y otra vez al suelo, hasta que al final decidió que la única forma de salir del atolladero era a cuatro patas. ¡Lástima de cámara de vídeo! ¡Y el tío aún se reía! Eso sí, tuvo suerte, si no llega a ser por la mochilla se deja la cabeza estampada en el suelo. Fue un espectáculo divertidísimo”.
Y es que en la montaña, todo lo que se pueda contar es siempre divertidísimo, aunque sea cómo alguien estuvo a punto de partirse la crisma por olvidar el presente mientras soñaba en el futuro.
SUEÑOS DEL KUN
Versión en castellano. Tiempo estimado de lectura: 1 minuto.

Nieva y nieva. Más de doce horas sin parar y parece que va para rato. Al mismo ritmo que se han acumulado las capas de blanco se han ido sepultando nuestros planes. Definitivamente, la expedición ha terminado aquí y ahora. El Kun ha sido claro y contundente y ha tomado la decisión casi por nosotros. Nos indica el camino, el único camino, el del descenso.
Allí arriba, hasta donde más alto habíamos llegado, abandonamos algo más que un nido de valioso material. Queda el invisible deseo y la emoción de compartir abrazos sinceros y lágrimas irreprimibles a más de siete mil metros. Sin embargo, también es justo reconocer que la montaña no sólo quita sino que también da. Y de ella nos llevamos mucho, tanto que si fuera físico no cabría en nuestras grandes mochilas.
La decisión de abandonar es difícil pero inteligente, y también forzada porque no hay posibilidad de alargar más la espera. El plazo otorgado por el permiso de ascensión se agota y no hay más días para esperar la imprescindible ventana de buen tiempo que nos permitiría montar el siguiente campo de altura y, más tarde, intentar el asalto a la cumbre.
Dentro de las tiendas se respira cierto desánimo. La ilusión se ha esfumado, al contrario de lo que sentíamos cuando soñábamos que, algún día, este destino que hemos casi rozado con la punta de los dedos sería nuestro.
Por suerte, la tristeza dura poco. Dentro de las tiendas y sin apenas percatarnos van naciendo otros sueños, otros destinos, otros planes. A mal tiempo, buena cara. Ese es un buen lema para olvidar el pasado y dedicarse a construir el futuro.
Estirados sobre las colchonetas aislantes, abrigados dentro de los sacos, los amarillentos techos de nuestras tiendas parecen extrañas pizarras sobre las que dibujamos nuevas formas y escribimos exóticos nombres. Vemos próximos destinos en esas formas y en esos nombres. A grito pelado para que nos oigan los compañeros de al lado, estamos inspirándonos los unos a los otros y, de paso, porqué no, retándonos hacia un consenso difícil de alcanzar cuando aún estamos aquí, en medio de la nada, esperando que amaine para seguir cavando la trinchera que nos permitirá volver al mundo de los que se dicen vivos.
Mientras haya sueños, habrá ilusiones, retos y destinos.

Relato inspirado en la película de la expedición Kun’08 del CAM de Parets del Vallès.


SOMNIS DEL KUN
Versió en català. Temps estimat de lectura: 1 minut.
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Neva i neva. Més de dotze hores sense parar i sembla que n'hi ha per a estona. Al mateix ritme que s'han acumulat les capes de blanc s'han anat sepultant els nostres plans. Definitivament, l'expedició s'ha acabat aquí i ara.
El Kun ha estat clar i contundent i ha pres la decisió gairebé per nosaltres. Ens indica el camí, l'únic camí, el del descens.
Allí dalt, fins a on més alt havíem arribat, vam abandonar una mica més que un niu de valuós material. Queda l'invisible desig i l'emoció de compartir abraçades sinceres i llàgrimes irreprimibles a més de set mil metres.
No obstant això, també és just reconèixer que la muntanya no només pren sinó que també dóna. I d'ella ens en enduem molt, tant que si fos físic no cabria en les nostres grans motxilles.
La decisió d'abandonar és difícil però intel•ligent, i també forçada perquè no hi ha possibilitat d'allargar més l'espera. El termini atorgat pel permís d'ascensió s'esgota i no hi ha més dies per a esperar la imprescindible finestra de bon temps que ens permetria muntar el següent camp d'alçada i, més tard, intentar l'assalt al cim.
Dins les tendes es respira un cert descoratjament. La il•lusió s'ha esvaït, al contrari del que sentíem quan somiàvem que, algun dia, aquest destí que hem gairebé fregat amb la punta dels dits seria nostre.
Per sort, la tristesa dura poc. Dins les tendes i sense adonar-nos-en van naixent altres somnis, altres destins, altres plans. Al mal temps, bona cara. Aquest és un bon lema per a oblidar el passat i dedicar-se a construir el futur. Estirats sobre les estores aïllants, abrigats dins dels sacs, els groguencs sostres de les nostres tendes semblen estranyes pissarres sobre les quals dibuixem noves formes i escrivim exòtics noms. Veiem properes destinacions en aquestes formes i en aquests noms. A plena veu perquè ens escoltin els companys del costat, estem inspirant-nos els uns als altres i, de passada, perquè no, reptant-nos cap a un consens difícil d'assolir quan encara som aquí, enmig del no-res, esperant que la tempesta afluixi per poder seguir cavant la trinxera que ens permetrà tornar al mon dels que s'anomenen vius.
Mentre hi hagi somnis, hi haurà il•lusions, reptes i destins.

Relat inspirat en la pel•lícula de l'expedició Kun'08 del CAM de Parets del Vallès.