Moviendo la Cola

Desde diciembre de 2007, Maio, Ari y Lluís editan www.moviendolacola.net, un blog que transmite las sensaciones y los sentimientos que viven en escenarios de alta montaña o camino a ella en compañía de Elbrus. Lo hacen a través de fotografías captadas de forma natural e instintiva, bajo el influjo y la inspiración del momento, y de relatos cortos cargados de emoción y reflexión.

En enero de 2010, SUA Ediciones publico el libro “Moviendo la Cola”, una singular obra que recopila algunos de estos momentos y sentimientos. Son 88 páginas que despiertan la mente y acelerarán el corazón. Más de 100 fotografías seleccionadas y 12 micro relatos inéditos que guían en una ascensión imaginaria a una montaña de momentos, sensaciones y sentimientos. El libro está disponible en las principales librerías del país y en www.moviendolacola.net

El mayor espectáculo del mundo



EL MAYOR ESPECTÁCULO DEL MUNDO
Versión en castellano. Tiempo estimado de lectura: 1 minuto. 

Bajamos cansados pero contentos. Han sido seis horas de ascenso por poco más de dos de descenso. Falta poco para retornar al punto del que hemos partido esta pasada madrugada. Se nota porque pisamos en plano, andamos más rápido, nos mostramos más alegres y nos sentimos más relajados. Bromeamos sobre lo ocurrido durante la jornada: de lo mucho que hemos sufrido quienes decidimos dejar las raquetas de nieve en casa por aquello de no llevar peso, de la suerte que hemos tenido con esta ventana de buen tiempo, de la comilona que nos espera a pocos kilómetros de aquí en un restaurante de aquellos que se guardan en secreto… Sólo de pensar en esto último la boca se me hace agua… ¡ZAS! ¡PLAS! ¡Qué ha pasado! ¡Ohhhhhhhh, Dios, que trompazo! ¡Desorientación total! ¡De mirar al suelo he pasado a mirar al cielo!
Tirado de espaldas, sobre la mochila, desparramado y atontado, el patinazo ha sido memorable. De golpe, en décimas de segundo, he visto cómo mis pies se alzaban decididos a tocar las nubes.
Suerte del mochilón, que como el mejor de los airbags ha amortiguado el espaldarazo y el más que seguro golpe en la cabeza ¡Eso por andar pensando en lo que aún no toca! Mira que lo sé y se lo he repetido mil veces a otros, “hasta que no llegas a casa no ha terminado la excursión. Hay que andar siempre concentrado y atento, sobre todo en el descenso”.
Después del susto, el cabreo. ¡Qué tontería! ¡Qué estúpido! He bajado la guardia y eso es algo que nunca debemos hacer en la montaña.
Cerca de mi escucho la voz de uno de mis compañeros que pregunta si estoy bien. Sí, supongo que sí… A ver… Sí, sí… Me siento en el suelo y apoyo las manos para incorporarme. Negativo. Estoy justo en el centro de la placa de hielo. Segundo intento, nuevo patinazo. La situación se me antoja ridícula. Mientras, empiezo a escuchar risas. Se ríen de la embarazosa situación en la que me encuentro. Me sumo al ambiente, me río con ellos, me río de mí. Soy el payaso de circo que tropieza y cae una y otra vez. He convertido la montaña en el mayor espectáculo del mundo, el circo!
No puedo levantarme porque estoy en el centro mismo de un charco helado de unos tres metros de diámetro reconvertido a pista de patinaje. ¡Ups! Es increíble en lo que se ha transformado el agua. Ahora es “verglas”, un durísimo, liso y transparente hielo sobre el que es imposible mantenerse en pie y menos aún dar los dos pasos necesarios para poder escapar de este singular escenario-trampa.
Bien, pues toca lo que toca. Volteo el cuerpo y me pongo a cuatro patas. Sin guantes noto cómo el frío se clava mis manos mientras las deslizo una tras otra, siguiendo el ritmo que imprimen mis rodillas. Tres movimientos y soy hombre libre. Ya está.
De nuevo en pie, abro y cierro desesperadamente los dedos de las manos para que circule de nuevo la sangre y con ella llegue el calor, al mismo tiempo que giro la vista en busca de las risas de mis compañeros. Allí están, tronchándose mientras me señalan con el dedo en una inequívoca sentencia, aquella que me convierte en protagonista de sus historias, de aquellas que durante muchos años contarán cada vez que cualquiera de ellos recuerde este día y explique lo bien que lo pasamos y lo divertido que fue.
“Recuerdo que aquel día, muy cerca ya del refugio, oímos un fuerte golpe detrás nuestro. Al girarnos vimos que uno de los compañeros yacía tumbado boca arriba sobre una placa de hielo. ¡Teníais que haberle visto! Cada vez que intentaba ponerse en pie patinaba y otra vez al suelo, hasta que al final decidió que la única forma de salir del atolladero era a cuatro patas. ¡Lástima de cámara de vídeo! ¡Y el tío aún se reía! Eso sí, tuvo suerte, si no llega a ser por la mochilla se deja la cabeza estampada en el suelo. Fue un espectáculo divertidísimo”.
Y es que en la montaña, todo lo que se pueda contar es siempre divertidísimo, aunque sea cómo alguien estuvo a punto de partirse la crisma por olvidar el presente mientras soñaba en el futuro.